Una historia personal con mis plantas de aire

Os voy a contar una historia que todavía me hace sonreír y enfadar al mismo tiempo cuando la recuerdo.

Mi tía Rosita tenía una casa en Catadau y pasábamos por delante de una casa que tenía una planta: claveles de aire cogida al hierro del balcón.

Durante muchos años estuve pasando por delante y mirando aquella planta. Estaba preciosa.

Hasta que un día, ya con el vivero montado, me decidí a llamar a la puerta y pedirle unos esquejes, porque la planta era espectacular.

Jajajajaja… Resulta que la dueña de aquella planta había sido medio novia de mi padre cuando eran jóvenes.

Y me dio media planta.

¡Qué gran regalo me hizo!

MI tío Juan me dio un trozo de marmol, corté un tronco de ciruelo envejecido y me monté mi propio clavel de aire.

Lo tenía precioso.

Después, otra gran amiga, Rosa, de Viveros Tarazona, me regaló unas ionanthas rojas que tenía allí. En aquellos años esas plantas eran muy difíciles de encontrar.

Con mucho trabajo agujeré el tronco y las enganché con un alambre totalmente oxidado.

Todos los días las pulverizaba con agua.

Les hablaba, les contaba todo…

Eran mis confidentes.

Pero llegó la primavera, el año de la comunión de mi hija, y se juntó todo: el trabajo de la primavera, la comunión, pintores, albañiles… todo a una.

Y me olvidé completamente de mis plantas de aire.

Cuando ya estaba terminando de arreglarlo todo para la comunión, me puse a buscar mis plantas.

¿Tú las encuentras? Porque yo tampoco.

Entonces le pregunté a mi madre:

—Mamá, ¿y mis plantas de aire?

Y me contestó tranquilamente:

—Al pintor y al albañil les gustaban mucho, así que se las di.

Resulta que el albañil había partido la planta por la mitad y se había llevado una parte cada uno.

¡Me hubiera comido a mi madre!

Después de tantos años cuidándolas, hablándoles y teniéndolas como mis confidentes… ¡y van y me las reparten!

Así que ya sabéis: si tenéis una tillandsia en casa, cuidadla bien y, sobre todo, decidle a vuestra familia que no la regale a nadie.